Casi tres décadas después, la firma que comenzó desde cero con aquel ingreso se ha convertido en uno de los denominados “unicornios”, es decir, startups que logran una valoración de 1.000 millones de dólares o más, sin cotizar en bolsa ni haber sido adquiridas. Sin embargo, Taratuta aclara sobre esta terminología: “La compañía nunca valió 1000 millones, siempre valió 2000”, subraya, destacando que el crecimiento de Aleph no fue un fenómeno repentino, sino un proceso continuado.
La compañía siempre valió 2000 millones de dólares
El camino hacia la tecnología
Tarutata narra con claridad cómo irrumpió en la industria tecnológica. Antes de fundar Aleph, trabajó en Universo Online, el portal brasileño que se convirtió en un ícono de la revolución del correo electrónico en Latinoamérica en los años 2000. Para obtener ese puesto, recuerda, tuvo que superar una entrevista telefónica complicada, interrumpida por un partido de fútbol. “El partido está terminando y yo voy perdiendo 2 a 0”, recuerda entre risas.
La pregunta reveladora
Durante esa entrevista, y a pesar de la mala conexión, se atrevió a hacer una pregunta personal a su entrevistador, hoy amigo, Alejandro Revich: “¿Vos tenés un primo que fue a Scholem?”. La respuesta fue rápida: “Mi hermano”. Este cruce, que unió la historia escolar y la comunidad compartida, fue determinante. Luego, llegó una pregunta crucial sobre marketing digital. Taratuta fue honesto: “Nada”, respondió. Para su sorpresa, el entrevistador contestó: “Perfecto, es lo que estoy buscando”. Dos meses después, ya estaba dentro de la empresa.
La importancia de vender lo útil
Con el paso del tiempo, Taratuta desarrolló una filosofía de negocio que repite constantemente. “Yo creo mucho en las relaciones de largo plazo. Yo te quiero vender lo que te funcione, que nos funcione a los dos, y que podamos tener una relación de largo plazo”, explica. Además, menciona que la palabra “vendedor” suele tener connotaciones negativas, como si alguien estuviera imponiendo un producto innecesario.
Esta visión, argumenta, se forja desde la infancia. “Cada uno tiene un ADN único. Luego, las conversaciones en la mesa de tu casa y la vida misma te van formando”, expone. Reflexionando sobre la crianza, menciona que hay padres que son como “barrenderos”, que solucionan todo a sus hijos. Aunque reconoce que es bueno acompañar, advierte: “No le barrás la calle”, porque al final, cada uno debe esforzarse y seguir su propio camino.
Un socio inesperado
El primer gran cliente de Aleph fue Mercado Libre. A partir de allí, la empresa sumó inversiones de entidades como Snapchat y X, así como de diversas familias inversoras. Una de las anécdotas menos conocidas involucra a Sony. “Esto no lo conté”, inicia Taratuta, relatando que en algún momento vendieron una parte de la empresa a Sony, la cual luego recompraron. Al cerrar esa negociación, le propuso a su socio Ignacio dejar un porcentaje a la compañía japonesa: “Dejalo que se quede un 4% o 5%”. Y así ocurrió. “Todavía somos socios”, destaca.
Expansión global
Hoy, Aleph se ha expandido a Medio Oriente, África, Asia y Europa Central, incorporando compañías que realizan tareas similares a las que se desarrollan en Latinoamérica: gestionar elementos que las grandes plataformas no quieren administrar en los mercados emergentes, desde la validación de identidad hasta la facturación, consolidando esa actividad a nivel global en un único pago para sus socios en Nueva York. “Ese valor sigue intacto después de casi 20 años”, subraya.
Con esta estructura global ya establecida, Taratuta se muestra optimista respecto a futuras oportunidades: una ola de inversión publicitaria de tres trillones de dólares. “¿Por qué me lo voy a perder? Me da mucha adrenalina esta oportunidad”, afirma. Y a la hora de considerarse un visionario, no duda: “No, me considero un positivista y un laburante. Visionario no”.







