La inminente visita del papa León XIV a la Argentina no solo representa un hito diplomático, sino que reabre el profundo debate sobre la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) en el centro de la escena política. Bajo el pontificado de Robert Prevost, quien adoptó su nombre en honor a León XIII —precursor de la encíclica Rerum Novarum—, la Iglesia refuerza una línea de continuidad que interpela directamente al modelo económico vigente. En este escenario, la figura de Enrique Shaw emerge como un puente simbólico que la Unión Industrial Argentina (UIA) ha decidido reivindicar, destacando su visión de la empresa no solo como unidad de negocios, sino como comunidad de vida y realización personal.
Enrique Shaw, ex gerente general de Rigolleau y fundador de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), está a un paso de convertirse en el primer empresario beato de la historia. Tras ser declarado Venerable Siervo de Dios, el Vaticano reconoció recientemente un milagro ocurrido en 2015: la recuperación inexplicable de un niño de cinco años. Este reconocimiento jurídico de la Iglesia valida una vida dedicada a la humanización del capital, cuyo legado más tangible fue la creación de las asignaciones familiares.
Trabajando codo a codo con la UIA en la década de 1950, Shaw impulsó un sistema solidario donde las empresas aportaban para sostener los ingresos de los trabajadores con familia. “Estamos orgullosos de que León XIV valore la figura de Shaw, quien demostró que la rentabilidad es compatible con la justicia social”, afirmó Martín Rappallini, presidente de la UIA. Esta arquitectura de bienestar, que el Estado nacional terminó institucionalizando como ley de Salario Familiar, representa hoy el paradigma opuesto a la desregulación absoluta y al individualismo metodológico.
La reivindicación de Shaw por parte de la UIA expone una fricción inevitable con la era libertaria. Mientras Javier Milei exalta al empresario “héroe” que evade las “garras” del Estado y cataloga la justicia social como un “robo”, la Iglesia, a través de Shaw, propone una responsabilidad ética del empresario frente a su comunidad. Para el pensamiento libertario, la única responsabilidad es maximizar beneficios; para la Doctrina Social, la empresa es un actor social con deberes de solidaridad. El “choque” no es solo económico, sino moral: se enfrenta una visión de Occidente basada en la competencia pura contra una tradición católica que sitúa la dignidad del trabajador y la distribución del ingreso en el corazón de la civilización cristiana.







