Su ingreso al oficio fue fortuito. Luego de ser suspendido por una semana en el colegio, su padre optó por llevarlo a la obra donde trabajaba. Lo que comenzó como una manera de mantenerlo ocupado abrió la puerta a su interés por el ámbito de la construcción.
A los 15 años, comenzó a trabajar definitivamente junto a su padre, aunque aún debía completar sus estudios, lo que llevó a que se involucraran los servicios sociales en la situación.
Desde entonces, Diego ha pasado por diversas etapas en su carrera: comenzó con tareas elementales y, con el tiempo, fue ganando experiencia hasta asumir la responsabilidad de reformas y proyectos de mayor complejidad.
Su incorporación a la empresa familiar no fue sencilla. Diego recuerda que su padre pedía a los trabajadores que no le facilitaran las tareas, con el objetivo de que la dificultad lo hiciera desistir.
Sin embargo, esta estrategia tuvo un efecto contrario. El trabajo arduo, que incluía trasladar bloques, preparar mezclas y trabajar bajo el sol, terminó por afianzar su pasión por la profesión.
“Los primeros años los pasamos partiéndonos el lomo al sol, pero si miras a largo plazo mejora”, reflexionó al rememorar sus inicios.
A medida que avanzó en su carrera, Diego acumuló más responsabilidades, pasando de realizar tareas simples a involucrarse en reformas y reparaciones más complejas.
Para él, uno de los aspectos más cruciales de su profesión es que el resultado final refleje la calidad del trabajo realizado. La experiencia, asegura, le ha permitido aprender a identificar errores y mejorar en cada obra.
“El mejor obrero es al que no se le notan las mentiras; hace una obra y pensás que está bien”, afirmó al explicar lo que significa para él llevar a cabo un buen trabajo.







