Para 2026, la proyección de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR) sobre el aporte de las seis principales cadenas del agro (soja, maíz, trigo, girasol, cebada y sorgo) en concepto de DEX es de 4.613 millones de dólares, apenas una variación respecto a los 4.665 millones del año anterior, una caída de menos del 1% interanual y aún por debajo de los máximos registrados en 2021 y 2022 (8.373 y 9.101 millones de dólares), períodos en los que los precios internacionales de las materias primas agrícolas alcanzaron niveles históricos debido al conflicto armado en Ucrania. A pesar de esto, el sector de la soja, que incluye poroto, harina, aceite y biodiésel, sigue siendo el más significativo, con un aporte de 3.275 millones de dólares.
Para Javier Preciado Patiño, consultor en mercado de granos, esta inversión representa algo más que un nuevo proyecto industrial. En sus palabras, es el primer indicio de un cambio de tendencia luego de más de diez años sin expansiones significativas en la capacidad de molienda. “Se corta así una racha de 12 años sin nuevas inversiones en el complejo de la soja”, destacó.
El especialista considera que para comprender la situación actual del sector sojero no es suficiente con analizar las retenciones que enfrenta la oleaginosa de manera aislada. La clave radica en observar el diferencial que existió durante años con el maíz, su principal competidor en el uso de tierras agrícolas. “Es fundamental analizar no solo la baja de las retenciones de la soja, sino su relación con las del maíz, el principal cultivo de verano que compite por la superficie”, explicó.
Según su análisis, el comienzo de este siglo había visto una producción de casi 30 millones de toneladas de soja. A lo largo de los 15 años siguientes, el cultivo experimentó un crecimiento notable, alcanzando los 61,4 millones de toneladas en la campaña 2014/15, coincidiendo con la creación de nuevas plantas industriales que podían procesar 47.000 toneladas diarias, equivalentes a 15,5 millones de toneladas anuales.
Sin embargo, esa trayectoria se detuvo. La producción comenzó a caer —donde las sequías jugaron un papel fundamental— y actualmente se sitúa en alrededor de 50 millones de toneladas. “Mientras nuestros competidores aumentaban su producción, nosotros decrecimos y aumentamos la capacidad ociosa en la industria aceitera”, resumió.
Para el consultor, uno de los principales factores detrás de este cambio ha sido el notable aumento del diferencial en las retenciones a la soja y al maíz. Recordó que después de la salida de la convertibilidad, el diferencial era de 3,5 puntos porcentuales, luego aumentó a 15 puntos, y desde finales de 2015 se estableció en 30 puntos porcentuales, alterando radicalmente los márgenes económicos. “Un diferencial de 30 puntos transforma la ecuación de los márgenes brutos”, afirmó.
Como consecuencia, la superficie sembrada de soja cayó de 20,5 millones a 16 millones de hectáreas, mientras que la de maíz creció de 6,9 millones a 10,6 millones de hectáreas. Con un rendimiento promedio de tres toneladas por hectárea, esa disminución significó un sacrificio de aproximadamente 12 millones de toneladas, un volumen similar a la caída registrada desde el máximo productivo de 2014/15.
A esta situación se añadió un factor estructural: “La falta de una ley de semillas que recompense a los obtentores y proveedores de biotecnología, junto con la no promoción de la fertilización, han impedido que la caída de superficie se compense con un aumento en la productividad”.
El consultor subrayó que este fenómeno también ha agravado la capacidad ociosa de la industria aceitera, que se ha visto en parte compensada a través de la importación de soja paraguaya para abastecer las plantas de molienda.
Desde su perspectiva, el problema no reside solo en el nivel absoluto de las retenciones, sino en el incentivo relativo que ha generado la diferencia con el maíz. “Si al productor de soja se le quita el 30 o 33% del valor internacional, mientras que al de maíz solo el 12%, esto orienta la producción hacia un cultivo en detrimento de otro”, afirmó, recordando una situación anterior.
A su juicio, lo ideal sería que ambos cultivos enfrentaran el mismo nivel de DEX para que la elección se basara exclusivamente en criterios agronómicos y económicos. “Lo que debería ocurrir es que todos tengan el mismo DEX, y que el productor, de acuerdo con el margen que dispone, decida qué hacer en su esquema de rotación”, señaló.
El consultor hizo hincapié en que el esquema actual ha comenzado a reducir nuevamente esa brecha. Recordó que, inicialmente, la diferencia bajó a 16,5 puntos, y actualmente está alrededor de 15,5 puntos, un nivel similar al que existía hasta diciembre de 2015. Si el cronograma oficial se mantiene, estimó que el diferencial podría reducirse a 13,5 puntos en 2027 y a 9,5 puntos hacia fines de 2028. “Se empieza a corregir el sesgo antisoja —recalcó, dado que es el principal complejo exportador del país— que prevaleció a lo largo del siglo”.
Preciado Patiño también relacionó la evolución del cultivo con un cambio en la narrativa pública respecto de la soja. Recordó que, cuando comenzó a difundirse masivamente durante las décadas de 1960 y 1970, se presentaba como una alternativa para superar el monocultivo de maíz gracias a su habilidad para fijar nitrógeno y mejorar los suelos. Con el tiempo, señaló, esa narrativa cambió drásticamente: “Treinta años después, ese discurso se invierte, y la soja es considerada el demonio que se castiga con DEX”.
La reciente inversión anunciada por Molinos Agro y ACA se presenta, por lo tanto, como un indicio de que la industria está apostando a un nuevo ciclo para el principal complejo exportador del país. Según el consultor, si la reducción de la brecha de retenciones entre soja y maíz prosigue, “podrían empezar a revertirse parte de las decisiones productivas” que durante la última década modificaron el escenario agrícola argentino.







