Fabio Quetglas, magíster en desarrollo local y gestión de ciudades y exdiputado nacional, considera que el yacimiento ofrece una oportunidad importante para el país, aunque sus resultados dependerán de cómo se gestionen las consecuencias del crecimiento.
“Vaca Muerta es una oportunidad”, afirmó al destacar el aporte de la actividad a la generación de divisas y al movimiento económico de las zonas vinculadas con la producción.
La búsqueda de trabajadores es una de las primeras manifestaciones de ese proceso. Las empresas tienen dificultades para cubrir puestos con personal capacitado y, ante esa demanda, compañías relacionadas con YPF promovieron el Instituto Vaca Muerta, destinado a formar perfiles para distintas etapas de la cadena productiva.
Pero la disponibilidad de empleos no provoca por sí sola una mudanza. Las ofertas laborales se cruzan con decisiones familiares, estudios, vivienda y redes de cuidado, factores que pueden determinar si una persona está en condiciones de dejar su ciudad y radicarse en la provincia patagónica.
El debate suele reducirse a una relación entre salarios, vacantes y trabajadores dispuestos a viajar. Quetglas advierte que esa mirada no contempla las condiciones concretas de la vida cotidiana, que en la práctica definen quiénes pueden migrar.
La edad, el nivel educativo, la propiedad de una vivienda y la cantidad de hijos fueron las cuatro variables que la consultora Empiria tomó para elaborar un mapa de propensión migratoria en la Argentina. El estudio muestra que la movilidad no es igual entre los distintos grupos sociales y etarios.
Las personas de entre 15 y 40 años presentan la mayor disposición a trasladarse. Para los más jóvenes, una oferta de trabajo puede coincidir con una etapa de mayor flexibilidad. En cambio, para una familia con hijos escolarizados o una vivienda propia, la decisión implica muchos más costos y cambios.
“Una persona que tiene 45 años y dos hijos en edad escolar no baja una palanca y aparece en Neuquén”, afirmó Quetglas. La frase refleja la distancia entre las necesidades de las empresas y todo lo que debe resolverse para sostener una mudanza.
Por ese motivo, cuestionó que el dinamismo de los hidrocarburos pueda solucionar por sí mismo los problemas de desarrollo de otras zonas del país. “Mi nota va orientada un poco contra un pensamiento naíf”, expresó durante una entrevista radial, al referirse a las expectativas que despierta el yacimiento.
La información, los contactos laborales y los vínculos familiares pueden ayudar a quienes consideran trasladarse. Sin embargo, no reemplazan la necesidad de disponer de vivienda, escuelas, atención médica y servicios básicos en el lugar de destino.
El impacto de Vaca Muerta ya se advierte en los barrios, las rutas y los servicios de Neuquén, antes de reflejarse plenamente en las proyecciones demográficas. Cada trabajador que se instala con su familia suma demanda de suelo urbano, agua potable, vacantes escolares, transporte y atención sanitaria.
Quetglas sostuvo que la provincia debe ampliar su capacidad para recibir población si busca convertir el aumento de la producción en una mejora duradera. El reto no consiste únicamente en construir viviendas: también exige tierra disponible, infraestructura y un crecimiento ordenado de las localidades que sostienen la actividad.
En ese contexto, mencionó un mensaje público del intendente Daniello, quien pidió que los trabajadores llegaran sin sus familias. El jefe comunal justificó el planteo al señalar que los servicios públicos existentes no alcanzaban para atender a más hogares.
“Si las vacantes no están, no están. Si el agua potable no está, no está”, dijo Quetglas. A su juicio, esa advertencia expone un límite concreto: la expansión económica puede avanzar más rápido que la capacidad de las ciudades para alojar a nuevos habitantes.
Para responder a ese desafío hace falta coordinación entre los municipios, la provincia y la Nación. El desarrollo de Vaca Muerta requiere anticipar decisiones sobre infraestructura, formación laboral y servicios, para evitar que la llegada de población agrave las carencias actuales.
El exdiputado alertó sobre las consecuencias de demorar esa planificación. “No hagamos esta noticia maravillosa una futura mala noticia”, sostuvo, al advertir que una oportunidad productiva puede generar conflictos urbanos si el crecimiento se deja librado a la urgencia.
Quetglas aclaró que construir nuevos barrios no implica que el Estado tenga que financiar todos los proyectos de vivienda. Las empresas privadas pueden participar en desarrollos para trabajadores con ingresos suficientes para acceder a una casa, siempre dentro de reglas y una planificación pública.
“El sector privado” puede formar parte de esa expansión, explicó. Para concretar esos proyectos se necesitan terrenos disponibles, normas claras y gobiernos que definan hacia dónde crecerán las ciudades y qué servicios deberán tener los nuevos loteos.
Su propuesta articula regulación, incentivos e inversión en infraestructura pública. También plantea una estrategia común entre las autoridades y las empresas de energía, minería y servicios relacionados, cuyas actividades inciden en la demanda de vivienda, transporte y equipamiento urbano.
El desafío también es social y no puede resolverse únicamente mediante el mercado. “Los melones se acomodan, pero el tercio de abajo está reventado”, afirmó Quetglas, al advertir que el crecimiento puede excluir a quienes tienen menos posibilidades de acceder a terrenos, crédito y servicios.
La magnitud de las decisiones se amplía ante las proyecciones demográficas. Quetglas estima que Neuquén podría duplicar su población en los próximos 20 años. Esa posibilidad obliga a definir desde ahora el uso del suelo, los caminos, los parques industriales y los vínculos entre las ciudades y las cadenas productivas.
Una eventual migración hacia la provincia también podría modificar los lugares de origen de los trabajadores. El análisis de Quetglas contempla al conurbano bonaerense y a otras regiones que podrían cambiar su estructura demográfica y sus mercados locales si pierden población joven y adulta.
La Argentina ya vivió una etapa de migraciones internas entre las décadas de 1920 y 1990. En esos años, muchas personas se trasladaron desde el NEA y el NOA hacia el Gran Buenos Aires, el Gran Rosario y el Gran Córdoba, atraídas por las oportunidades de empleo y servicios de los principales centros urbanos.
Ese desplazamiento debilitó mercados y prestaciones en varias ciudades del interior y, al mismo tiempo, reforzó el peso demográfico del área metropolitana de Buenos Aires. Quetglas señaló que una nueva corriente migratoria hacia la Patagonia tendría efectos distintos según el territorio de procedencia.
Una salida concentrada en los más jóvenes podría reducir el ritmo de crecimiento del conurbano, aunque elevaría la proporción de habitantes mayores. La posibilidad de conseguir trabajo y los relatos de familiares o conocidos que ya se instalaron suelen influir de manera decisiva en la elección.
“En Neuquén no es que faltan posiciones en el mercado de trabajo”, afirmó el exdiputado. Entre los puestos requeridos mencionó azulejistas, plomeros, electricistas y farmacéuticos, además de otros oficios y profesiones. La lista refleja una demanda que va más allá de los empleos petroleros.
La planificación no debería limitarse al período de auge. Quetglas propuso destinar parte de los mayores ingresos fiscales de la provincia a formar capital humano, realizar obras y crear un fondo anticíclico que permita amortiguar futuros cambios en la actividad extractiva.
Su advertencia se apoya en experiencias de otras economías dependientes de los recursos naturales. “El petróleo convencional terminó y hay un montón de problemas”, afirmó al mencionar a Comodoro Rivadavia. También hizo referencia a Tierra del Fuego, donde el régimen de promoción industrial condiciona una parte considerable de la economía.
El objetivo, planteó, es acumular capacidades y recursos para promover nuevos emprendimientos cuando baje la producción de petróleo y gas. La planificación debería incluir desde ahora una economía que pueda sostenerse después de esos recursos, sin esperar a que el retroceso de la actividad obligue a discutirlo.
“Hay que pensar mañana en formación de capital humano, en infraestructura y en un fondo anticíclico”, afirmó Quetglas. Según su diagnóstico, esa agenda puede convertir los ingresos de Vaca Muerta en una base para el desarrollo local cuando cambie el ciclo energético.







