La misión Apolo XI, aunque récord en cuanto a sus logros, estuvo rodeada de momentos críticos que pudieran haber cambiado su desenlace. La historia de la NASA y su misión a la Luna está llena de secretos poco conocidos, relatos que aún permanecen en la sombra. Neil Armstrong, Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins fueron los tres hombres que protagonizaron esta aventura espacial, unidos primero por el riesgo y luego por la gloria que les otorgó este histórico viaje.
Entre ellos, solo Collins no pisó la Luna; mientras sus compañeros alunizaban, él permanecía al mando de “Columbia”, la nave madre que orbitaba el satélite. Mientras Armstrong y Aldrin exploraban el terreno lunar, Collins debía esperar su regreso, ejerciendo un papel fundamental en la operación.
El Apolo 11 marcó el final de la primera fase de la carrera espacial, pero su objetivo inicial no siempre fue la Luna. A finales de la década de 1950, la Unión Soviética, bajo el mando de Nikita Khruschev, lanzó el primer satélite artificial, lo que llevó a Estados Unidos a intensificar sus esfuerzos en exploración espacial. En 1961, el presidente John Kennedy desafió al país a colocar un hombre en la Luna antes de que concluyera la década, un punto que sentó las bases para la misión del Apolo XI.
La posibilidad de que la misión terminara en desastre era muy real, y Collins, quien actuaba como el vigilante solitario en órbita, tenía órdenes específicas: si algo salía mal, debía dejar a Armstrong y Aldrin en la Luna, vivos o muertos, y regresar a la Tierra sin ellos. De este modo, Collins vivió uno de los momentos más solitarios que se puedan imaginar. Hoy, de los tres astronautas, solo Aldrin sigue vivo, a sus 96 años, y continúa guardando secretos de la misión, entre ellos aquellos que compartió anteriormente con sus compañeros y que prefirió no revelar jamás.
Uno de los instantes más críticos de la misión ocurrió durante el aterrizaje del “Eagle”. Este enfrentó dificultades cuando se descubrió que la superficie seleccionada para el alunizaje, un enorme cráter de treinta metros de diámetro, estaba cubierta de rocas descomunales. Ante esta situación, Armstrong decidió tomar el control manual de la nave. “No era para nada un buen lugar. Así que tomé el control manual de ‘Eagle’ y lo volé como un helicóptero, en dirección oeste”, recordó Armstrong en una entrevista en 2012, poco antes de su fallecimiento.
En un giro inesperado, la computadora del módulo lunar activó dos alarmas poco antes de llegar a la superficie: 1201 y 1202, códigos que nadie sabía interpretar. No obstante, el ingeniero Jack Garman desde el control de misión consideró que era seguro continuar. Para entonces, la computadora de abordo tenía diez veces menos capacidad que una imagen actual en formato jpg. A solo 33 metros de la Luna, Armstrong notó que el combustible del módulo estaba por agotarse, y decidió aterrizar en el primer sitio que le pareciera seguro. Cuando finalmente alunizó, el “Eagle” contaba con apenas noventa segundos de combustible. El módulo se posó en un lugar llamado, curiosamente, “Mar de la Tranquilidad”.
Armstrong pronunció su famosa frase: “Houston, aquí Base Tranquilidad. El ‘Eagle’ ha alunizado”, lo que marcó el éxito de la maniobra. Desde el control en la Tierra, el astronauta Charles Duke respondió: “Recibido Tranquilidad. Aquí tienen a un montón de tipos a punto de ponerse azules. Volvemos a respirar. Muchas gracias”.
Una vez en la Luna, el “Eagle” debía mantenerse funcional, con los tanques de combustible llenos y sin sobrecalentarse, ya que era fundamental para el regreso. En este punto, la misión se tornó más un desafío que el simple objetivo de colocar un hombre en el satélite. En 1865, Julio Verne anticipó con notable precisión este tipo de exploraciones en su novela “De la Tierra a la Luna”, donde el protagonista propone un cohete de aluminio llamado “Columbia”. Curiosamente, el “Columbia” que orbitaba la Luna tenía dimensiones similares y también era de aluminio. Sin embargo, el verdadero reto no estuvo en llegar, sino en regresar con éxito a casa.
A medida que aguardaban la autorización para que los astronautas descendieran a la superficie lunar, Aldrin llevó a cabo la primera ceremonia religiosa en la Luna, utilizando un pequeño kit proporcionado por su pastor. Usó la radio del “Eagle” para invitar a la reflexión: “Me gustaría aprovechar esta oportunidad para pedirle a cada oyente, quien sea y donde sea que se encuentre, que haga una pausa por un momento y contemple estos hechos de las últimas horas, y que agradezca a su manera”. Posteriormente, comulgó y pronunció palabras de Jesucristo extraídas del Nuevo Testamento.
Años después, en su libro “Magnificent desolation” (Magnífica desolación), Aldrin reflexionó sobre aquel acto: “Si tuviera que hacerlo de nuevo, no elegiría celebrar la comunión. Aunque fue una experiencia profundamente significativa para mí, fue un sacramento cristiano, y habíamos ido a la Luna en nombre de toda la humanidad, sean cristianos, judíos, musulmanes, animistas, agnósticos o ateos. Pero en ese momento no podía pensar en una mejor manera de reconocer la enormidad de la experiencia del Apolo 11 que dándole gracias a Dios”.
Posteriormente, Armstrong realizó su histórico descenso y, aferrándose a los barandales de la escalerilla del “Eagle”, puso primero el pie izquierdo en la superficie lunar. Consciente de la inmensidad del momento, exclamó su famosa frase: “Este es un pequeño paso para el hombre, pero un salto gigante para la humanidad”. Aldrin se unió poco después, y durante su breve excursión lunar, más de 125 millones de estadounidenses y otros 25 millones en otros 36 países los observaron por televisión. En esos tiempos, sin la expansión de la televisión satelital, este evento fue un verdadero espectáculo planetario.
Un detalle poco conocido de esos momentos es que Armstrong y Aldrin estaban conectados a “Eagle” por cordones de acero. Esto fue una medida de seguridad, ante cualquier peligro inminente. Otra precaución vital era asegurar que la puerta del módulo no se cerrara del todo; el dispositivo no contaba con una abrazadera para conservarse abierto desde el exterior.
En cuanto a Armstrong, fue un hombre profundamente afectado por su pasado, un hecho que siempre quedará dentro de la intimidad de su historia. A punto de cumplir 39 años, había sido piloto de combate en la guerra de Corea y se encontraba en plena trayectoria ascendente. Sin embargo, su vida personal se vio marcada por la trágica muerte de su hija Karen, cuando tenía solo dos años, debido a una enfermedad cerebral. “Pensé que lo mejor para mí era seguir con mi trabajo”, expresó en una de las escasas ocasiones que se refirió a su dolorosa pérdida.
La muerte de su hija destruyó también su matrimonio con Janet Shearn, aunque formalmente la separación no se produjo hasta 1994, treinta y ocho años después de haber contraído matrimonio.
Un secreto bien guardado en la misión Apolo XI es que Armstrong habría llevado con él a la Luna una pequeña pulsera que rodeaba la muñeca de su hija al momento de su fallecimiento. A los astronautas se les permitía llevar algunos elementos personales, igual que Aldrin con su kit religioso.
Durante su caminata lunar, Armstrong pasó un corto periodo a solas en un desolado sector lunar, aunque nunca habló de ello, ni siquiera con su propia familia. Compartió ese momento con Collins y Aldrin, pero ambos decidieron mantenerlo en secreto.
El hijo de Armstrong, Mike, comentó alguna vez: “No sabemos si dejó algo de Karen en la Luna. Lo mantuvo siempre en privado. Pero es posible…”. En el satélite, Armstrong y Aldrin tomaron fotografías con una cámara Hasselblad, instalaron dispositivos experimentales y dejaron una placa que decía: “Aquí, hombres del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna, julio de 1969 D.C. En nombre de la humanidad, vinimos en son de paz. – Presidente de Estados Unidos de América – Richard Nixon”.
Además, depositaron una bandera de la misión Apolo I, que había terminado en un trágico incidente, y una rama de olivo dorada. También incluyeron un disco con declaraciones de los presidentes Dwight Eisenhower, John Kennedy, Lyndon Johnson y Richard Nixon, en previsión de que alguna inteligencia no terrestre pudiera interpretar el mensaje y escuchar el contenido del disco.
Entre los experimentos realizados en la Luna, colocaron una cámara de televisión montada sobre un trípode a veinte metros del “Eagle” para enviar imágenes a la Tierra. Aldrin inicio un detector de partículas nucleares emitidas por el Sol que dejaría registros en una cinta de metal que regresaría con ellos.
Finalmente, desplegaron una bandera de Estados Unidos que medía un metro, sostenida por un travesaño metálico en la parte superior para simular que ondeaba al viento.
El contacto a distancia entre los astronautas y el entonces presidente Nixon fue otro de los momentos culminantes de la misión. Este se encontraba solo en el Salón Oval de la Casa Blanca en ese momento. Collins, que se perdió la conversación porque estaba tras el lado oscuro de la Luna culmine su misión, lo describiría posteriormente como un instante de intenso aislamiento: “En esos momentos sentí que estaba más solo que nunca. Cuando Armstrong dijo aquello del pequeño paso para el Hombre… Lo eché de menos y me sentí absolutamente aislado de cualquier vida conocida”.
Sin embargo, no estaba verdaderamente solo; seguía en comunicación con la Tierra, enfrentando una de las etapas más complicadas de la misión: coordinar la maniobra de despegue del módulo lunar con la presencia de Armstrong y Aldrin a bordo, asegurando que pudiesen acoplarse de nuevo al “Columbia”. Este desafío realizaría cualquier autor de ciencia ficción, incluida Julio Verne.
Antes de subir al vehículo que los llevaría de regreso, Armstrong recordó a Collins que debía dejar en la Luna, a cincuenta y nueve metros del módulo, una ofrenda en homenaje a los tres astronautas de Apolo I, quienes murieron en un ensayo de despegue en enero de 1967. Colocaron dentro de una pequeña bolsa una insignia del uniforme de Edward White, así como las insignias personales de Apolo XI de Armstrong y Aldrin, recordando a Virgil Grissom y Roger Chaffee. También incluyeron dos medallones en memoria de Yuri Gagarin, el primer hombre en el espacio, y de Vladimir Komarov, el primer astronauta en morir durante un vuelo.
En la madrugada del 21 de julio, después de veintiuna horas, treinta y seis minutos y veintiún segundos en la Luna, Armstrong y Aldrin reingresaron al “Columbia”. Pero antes, enfrentaron un último sorpresa. Al intentar despegar en el módulo que había estado fijado a su techo, notaron que habían roto el interruptor de ignición del motor de ascenso. Utilizaron la punta de un bolígrafo para activar el interruptor que hizo posible el despegue. Pronto alcanzaron la gloria; fueron condecorados y gestionaron su fama como mejor pudieron.
Armstrong dejó la NASA dos años después del alunizaje, convirtiéndose en profesor de Ingeniería espacial en la Universidad de Cincinnati. Se involucró en investigaciones sobre el incidente de Apolo XIII, conocido por la famosa frase: “Houston, tenemos un problema”, y fue convocado por el presidente Ronald Reagan para investigar la tragedia del transbordador espacial Challenger en 1986. Además, fue portavoz y director en varias empresas como Chrysler, United Airlines y Eaton Corporation.
Evitó en gran medida la fama, y su familia lo describió como “un reacio héroe estadounidense”. Falleció el 25 de agosto de 2012, a los 82 años de edad, tras ser operado de una obstrucción en sus arterias coronarias.
En contraste, Collins, quien se quedó sin pisar la Luna, enfrentó con humor las múltiples bromas de la NASA sobre su peculiar situación, siendo uno de los pocos estadounidenses que no había “visto” el alunizaje. En su libro “Carrying the Fire”, reveló sus miedos: “Mi mayor temor durante los últimos seis meses había sido el de dejarlos en la Luna y regresar solo a la Tierra. Creí que nuestra posibilidad de supervivencia era de 50 y 50. Mi temor era ser el único sobreviviente”. Finalmente, no ocurrió ningún desastre, aunque su experiencia quedó marcada por su sensación de aislamiento durante su misión.
La fama no fue fácil de sobrellevar. “No éramos héroes. La sociedad tiene otros héroes. Los astronautas no estamos entre ellos. Éramos buenos, trabajamos lo duro que se necesitaba, y realizamos nuestro trabajo de la mejor manera que pudimos. Esa fue nuestra única meta. No hubo heroísmo”, subrayó.
Se retiró de la NASA el año siguiente al Apolo XI, en 1970, y aceptó trabajar en el Departamento de Estado como Secretario Asistente para Relaciones Públicas. En 1971, se convirtió en director del Museo Nacional del Aire y el Espacio de Washington, allí permaneció hasta 1978. Luego fue subsecretario del Instituto Smithsoniano, supervisando el museo. Tras un tiempo como vicepresidente de la LTV Aerospace and Defense Company, se retiró a una actividad privada. Collins rompió el silencio en su vida el 28 de abril de 2021, a los 90 años, tras perder la batalla contra el cáncer.
Por su parte, Aldrin experimentó dificultades diferentes. Con un regreso a la fama desde la Luna lleno de altibajos, sufría de una fuerte depresión y problemas de alcoholismo. Expresó su descontento con la NASA, afirmando que no estuvieron preparados para él y sus compañeros para el impacto psicológico que generó regresar de la Luna. Lidiaba con propias tragedias personales que lo afectaban seriamente, sobre todo la muerte de su madre, que se había suicidado. Aldrin experimentó un temor persistente a sufrir una predisposición hacia el suicidio.
“Cuando volvimos de la Luna, ninguno de nosotros estaba preparado para la adoración que vino después. Éramos ingenieros, científicos, pilotos de combate que fueron venerados como estrellas de cine. Fue demasiado para la mayoría de nosotros, sin duda lo fue para mí”, confió en sus libros “Return to Earth” (Regreso a la Tierra) y “Magnificent Desolation” (Magnífica desolación), donde se aborda también su lucha contra el alcoholismo, una adicción que marcó su vida desde que se retiró de la NASA.
Aldrin tuvo un enfrentamiento público con un escéptico de la llegada a la Luna en 2002, cuando este lo insultó, y le reprochó que había estado mintiendo. El astronauta, lejos de ceder a la provocación y la continuidad del diálogo, reaccionó golpeando al hombre, lo que fue respaldado por la policía al no haber cargos contra él.
Actualmente, Aldrin es un republicano convencido, habiendo votado a presidentes como George H. W. Bush y su hijo. En 2019, fue invitado especial por el entonces presidente Donald Trump en su Discurso anual sobre el Estado de la Unión. A lo largo de su vida, Aldrin se ha casado tres veces y tiene tres hijos, y a sus 93 años, contrajo matrimonio nuevamente, esta vez con Anca Faur, de 63 años, afirmando: “Estamos tan emocionados como dos adolescentes que se fugan”.
Por último, cabe destacar un curioso hecho que rodeó el día del lanzamiento del Apolo XI: la NASA posicionó a sus invitados especiales en un palco a cinco kilómetros seiscientos metros de la plataforma de lanzamiento, una distancia calculada para salvaguardarlos en caso de un desastre. Los expertos concluyeron que el combustible y cualquier fragmento de la nave podría impactar hasta a cuatro kilómetros ochocientos metros de distancia si algo salía mal. Afortunadamente, todo salió bien y el logro se consagró como un testimonio del ingenio humano.







