¿Acaso existe una adicción a cambiar de piel, al vértigo de lo nuevo, al ingreso en terrenos desconocidos? Para mí, esas experiencias poseen un magnetismo que me hace incapaz de decir que no. Así he navegado por la vida, saltando de una experiencia a otra, con el objetivo de construir pequeñas utopías personales. Pero, ¿qué sucede cuando el placer por lo alcanzado se enfrenta al bullicio de la ilusión por lo que está por venir? Quizás es el momento de reconocer que necesitamos, al menos yo, nuevas andanzas que alimenten los impulsos que nos hacen sentir vivos, que realmente nos conmuevan.
Por eso, después de haber publicado más de 760 textos en la sección Mundos Íntimos, donde una sorprendente alquimia permitió que el yo se convirtiera en nosotros, ha llegado el momento de dar un paso al costado. Siento que logramos algo complejo: establecer un diálogo auténtico, compartir –en una atmósfera similar a la de una conversación en un café– los temas que nos desvelan, que nos alegran o, incluso, que nos hacen confrontar nuestros matices más oscuros.
Escribir en estas páginas supone un grado significativo de exposición. Me han preguntado cómo los individuos se animan a relatar historias tan personales. La verdad es que, aunque en raras ocasiones ha ocurrido, algunos autores prefirieron no mostrarse despojados. Creo que algo explica esta resistencia: la sección, a pesar de haber crecido al mismo ritmo, ha sido la respuesta a la artificialidad que tanto nos oprime en las redes sociales. Al ingresar en plataformas como Linkedin, parece que nadie deja de ser un trabajador impecable con un currículum tan notable que, si fuera cierto, todos desearíamos tenerlo. Y ni siquiera hablemos de esos recorridos que buscan crear “momentos instagrameables” para exhibir instantes de felicidad de neón. La falsedad nos rodea, entonces, era necesario crear un respiro, un refugio donde la honestidad y la experiencia real tuvieran cabida.
Tuvimos incertidumbres respecto a si, en una época en que todo se reduce a mensajes breves y caracteres limitados, un texto extenso no podría asustar al lector. ¿Era cierto que la gente ya no quería leer o se trataba de una profecía autocumplida? Algo de verdad había en esto: cuando una nota nos envuelve en un microclima de emotividad e información, si logra romper las barreras y conectar desde lo profundo, la gente permanece atenta, aceptando el tiempo que necesita. No todo gira en torno a una cultura del vértigo. Desconozco si hay un periodismo lento, pero estoy convencido de que algunas páginas requieren de un tempo diferente. Y ustedes han sabido reconocerlo. Este intercambio semanal fue posible gracias al eco que cada uno amplificó, a nuestras identificaciones, a los dilemas que nos acuciaban o a las alegrías compartidas, que también las hubo.
En mi adolescencia, me costaba hacer amistades. No era un niño solitario, pero no contaba con los típicos lazos de la adolescencia en los que prevalece el mantra “uno para todos y todos para uno”. Esa experiencia me dejó huella: siempre me emocionaron las noches de café y ginebra, donde se lograba hablar hasta el infinito y uno se sentía escuchado. Ya en la adultez, pude cultivar esas conexiones, pero esa secuela -tácita, silenciosa- quedó. Son escasos los espacios en los que podemos abrirnos sin, o con pocos, tapujos. En una ocasión, reflexionamos sobre si, desde el periodismo, era posible moldear ese espacio. ¿Deben los diarios simplemente informar, o también deben actuar como un canal de comunicación que refleje los signos de un tiempo, brindando lugar a las sensaciones personales?
Ciento cincuenta años atrás, un irónico José Martí escribía sus “Escenas norteamericanas” -muchas de ellas crónicas desde Nueva York- sin temerle al uso de la primera persona. En nuestra tierra, Roberto Arlt, en las décadas de 1920 y 1930, publicaba las memorables aguafuertes en las que él mismo se convertía en protagonista. Este estilo no es novedoso en el ámbito periodístico. Ciertamente, fue restringido para la mayoría; se valoraba mucho más al cronista -fundamental- y se castigaban otros enfoques en la información. Como si esos estilos no pudieran coexistir en las páginas de un periódico.
Yo también sostuve esa visión durante mucho tiempo. En mi parecer, estábamos destinados a interpelar la realidad, a no inmiscuirnos en ella. Debíamos cuestionarla, no juzgarla. Sin embargo, si miro hacia atrás, hacia el niño que fui, reconozco en él varios rasgos que perduran. Y otros que aún forman parte de mi identidad. Indagar, averiguar qué se oculta bajo la superficie. Eso es parte de mis genes. Aún conservo el carné del Club de Periodismo de la escuela primaria. Durante ese período, deseábamos, parecía, imprimir un boletín mimeografiado que se llamaría “Lluvia de noticias”, aunque no llegó a concretarse, ya que mi recuerdo es vago, mientras que el carné quedó inacabado. Lo cierto es que incluía mi foto. Siempre predispuesto.
En el secundario seguí cultivando la misma obsesión, más tarde decidí estudiar esta carrera que, en su momento, tenía fama de poco prestigiosa. Disfruté cada instante y me especialicé en entrevistas: buscaba a la persona detrás del personaje, quitarle las capas de su aparente perfección. Me sumergí en pequeños duelos con figuras que dejaron huella, desde Woody Allen hasta Ray Bradbury, pasando por Bioy Casares y Vargas Llosa. Entonces, surgió un cambio significativo en mi perspectiva: ¿mi función era únicamente preguntar, o también mostrar los mundos que se esconden tras cada puerta? La entrevista es uno de los géneros más destacados, y el cara a cara me parece insustituible. Pero no es excluyente. ¿Acaso no es información tener un hijo en brazos por primera vez, enfrentarse a una enfermedad devastadora, o el deseo de tener una vida sexual vibrante a pesar de la edad? ¿O las huellas ocultas que dejó la dictadura, o reconocer que mentimos porque es más fácil que decir la verdad? ¿No somos más que meros seguidores de lo que otros dictan, sin tener una voz propia?
Cuando estos temas comenzaron a incomodarme, intenté un periodismo que no sólo se centrara en lo que ocurre, sino también en lo que nos ocurre. En 1999, fundé una revista llamada Latido, que existió durante tres años, donde trabajé en esta línea. Con el tiempo, sentí que era necesaria una apuesta quizás más amplia. Así nació Mundos Íntimos. Recuerdo haber discutido esto con un entusiasta Ricardo Kirschbaum, el editor general, quien se mostró cauteloso al mismo tiempo. “Probemos un verano”, sugirió. Y así fue como nos lanzamos en enero de 2012.
Este tiempo ha sido intenso. Me miro en el espejo: mis hijos, que eran pequeños, ahora son un hombre y una mujer con alas listas para volar. Intento acomodarme a lo que siempre he sostenido: felices los padres que observan cómo sus hijos se alejan del hogar para construir su propio nido. Esa, en mi historia personal tan similar a Martín Fierro, es la primera ley. Claro que del dicho al hecho, las cosas cambian. Se les extraña. Pero esa tensión vital refleja que seguimos siendo humanos, aunque con el paso del tiempo se imponga un otro estado. Aún latimos. Y hay más en ese reflejo: sigo compartiendo la vida con la misma hermosa mujer y nuestra conexión continua, aquella sensación de ser almas complementarias no ha mostrado señales de desgaste; el hábito no ha convertido nuestra relación en rutina. A lo largo de estos años, también he vivido nuevas experiencias: me mudé enquilombadamente durante la pandemia, agregué a mis ocupaciones la de librero, lo que no me alejó del periodismo pero sí ocupó parte de mi tiempo. He crecido y las canas se han hecho más evidentes.
Mundos Íntimos ha supuesto para mí una libertad invaluable. He podido escribir sin sentirme limitado por protocolos que recuerdan a los delantales almidonados de antaño. Históricamente, fui poco innovador y ni siquiera solía cumplir esos decálogos de escritura. No sé si se debía a una falta de creatividad o, más bien, a un temor a exponer sentimientos y dudas. Recuerdo que en el examen de ingreso al colegio secundario, todos presagiaban -y así sucedió- que me iría mejor en Matemáticas que en Lengua. En realidad, en Gramática -más racional- lograba buenos resultados, pero en Redacción era realmente deficiente. Expresarse no es sencillo. A los 18 años, un psicólogo me dijo: “cuando te sientas más libre, vas a escribir mejor”. Y así fue. Lo que logré fue atreverme a un juego lúdico. Con las palabras, con la vida. Apostar, crear, lanzarse al agua. Como dicen ahora, tomar esa decisión cuesta, pero es gratificante.
Leo una columna que publiqué en mi primer trabajo en “La Tribuna” de Rosario, un diario fundado por Lisandro de la Torre que cayera en la decadencia tras una serie de eventos como el hundimiento de barcos ingleses durante la guerra de Malvinas. El texto versaba sobre el caótico tránsito en la ciudad. Además de los errores de conjugación garrafales, toda la nota era un compendio de lugares comunes. Que debemos cuidarnos, respetar las señales, que la civilidad implica pensar en el otro, que el sonido de las bocinas contamina, que los peatones también son descuidados. Nada estaba mal, pero tampoco aportaba nada nuevo. Bienvenida la evolución. Me alegra haber cambiado.
En esos años, la mediocridad también se sustentaba en el miedo. La dictadura militar tenía un férreo control y uno comenzaba a dar sus primeros pasos laborales en un ambiente muy silencioso. Recuerdo que en una ocasión, cubrí una nota anodina con un fotógrafo mucho mayor que yo. Me relató su historia. Había sido parte de la resistencia peronista y se sentía marcado, pero con ganas de seguir adelante. Pasamos por su hogar a buscar un lente o algo similar: una casa modesta decorada con fotografías de Perón y Evita. En ese instante, pensé en cómo sería el futuro del país.
No predecía un final tan abrupto para la dictadura, ni imaginaba el horror oculto que se revelaría. Los años pasaron, y aunque la democracia se mantuvo firme, lo hizo cojeando. ¿Qué ha sido de la dimensión colectiva desde que comenzó Mundos Íntimos? Fuimos testigos tanto de lo sagrado como de lo profano. Esta nación nos sorprendió una vez más; pasamos de una cultura 6, 7 y 8 atravesada por la grieta -¿les conté que algunos amigos dejaron de invitarme a sus cumpleaños?- a otra en la que el insulto se ha vuelto moneda corriente. Las palabras más soeces se utilizan para convertir al adversario, en desacuerdo con lo que enunciaba Alfonsín en 1983, en enemigo. Pasamos de tener un sinfín de regulaciones a soñar con vivir sin el Estado. La Argentina de los extremos y el desdén por los términos medios es nuestro karma.
Alguna vez escuché a Claudia Piñeiro hablar, sobre el temor al paso del tiempo, que a los cuarenta años pensaba: “aún me falta la mitad o más de mi vida”. A los cuarenta y cinco todavía creía estar en la mitad. A los cincuenta, uno comienza a pedir un milagro para vivir un poco más. Y después, la apuesta se pierde. Esa es la esencia del envejecimiento: queda menos tiempo y la mente no se percata. Se engaña a sí misma creyendo que el mundo y el futuro son infinitos. ¿Cómo se enfrenta ese error? Pero, en realidad, ¿deseo hacerle saber a alguien su equivocación y tener menos ilusiones? No, no lo quiero. Aprecio esa sensación de `virginidad´ que surge ante lo inesperado.
Dicen que las peores despedidas son aquellas que no se verbalizan. Por eso escribo estas líneas: la relación cercana que tengo con cada lector necesita de estas confesiones. Permítanme compartirles. Dos frases de pensadores del siglo XX me han ¿perseguido? ¿entusiasmado? ¿guiado? a lo largo de los años. La primera es de Erich Fromm, un filósofo judeoalemán que escapó del nazismo. Su idea sobre “el miedo a la libertad” -aunque él quizás lo haya planteado más desde una perspectiva política- nos enfrenta a los miedos que surgen al tomar decisiones sin ataduras. Maravilloso, pero en ocasiones también aterrador. Surgen las dudas: si me equivoco, si fracaso, si debería ser más prudente. El “si” se hace presente y florece la incertidumbre. Sin embargo, está la otra vertiente: iniciar algo nuevo también representa un “subidón”, una celebración íntima de lo que poseemos oculto y que vamos a compartir -y nos compartimos-.
La segunda idea, en sintonía con la primera, es la frase de Jean-Paul Sartre: “El hombre no es otra cosa que lo que hace de sí mismo”. Eso deseo pensar cuando llegue a viejito (si es que llego) y repase mi trayectoria. La verdad, no estoy seguro de que comparta la idea de Borges de que ser inmortal es una condena. A mí me encantaría vivir, por ejemplo, ¿200 años?, porque siento que aún tengo demasiado dentro y me entristece imaginarme truncado. Pero como eso no va a suceder, exprimiré el tiempo para sentir que, dentro de mis limitaciones, no me quedaré con las ganas.
Así se explica el final de esta etapa en Mundos Íntimos, ahora parte innegable de mi ser. Lo hago con serenidad; las huellas indelebles que forjamos no desaparecerán y eso nos garantiza que compartiremos el mismo pulso de los que, codo a codo, formamos una multitud y nos une algo fundamental. Por eso no hace falta que me lo digan, lo sé: ni ustedes ni yo preguntaremos nunca por quién doblan las campanas. Sabemos que lo hacen por nosotros.
Ha sido un placer, amigos.







