“Esto es perderlo todo”, lamentó un cronista durante una cobertura en vivo desde Puerto Vilelas y Tres Bocas, localidades situadas a aproximadamente 30 minutos de Resistencia. El desborde del arroyo Barranqueras había inundado calles, hogares y una cancha de fútbol, arrastrando troncos y erosionando el terreno.
La evacuación evidenció la gravedad de la situación. Una mujer, acompañada por agentes policiales, dejó su casa con escasas pertenencias y un visible agotamiento. El agua seguía ingresando y las embarcaciones se convertían en una de las pocas opciones para rescatar a quienes aún permanecían en las áreas afectadas.
Asimismo, durante la cobertura, se observó a personas siendo trasladadas en una heladera utilizada como embarcación improvisada.
La situación se había deteriorado tras una lluvia que dejó alrededor de 100 milímetros en la jornada anterior, según explicó el cronista. Además, la crecida de los ríos de la región dificultaba el escurrimiento de los arroyos, lo que causaba que el agua se expandiera sobre las zonas más bajas.
En Tres Bocas, los residentes habían colocado bolsas de arpillera llenas de arena ante sus casas para intentar detener el avance del agua. Sin embargo, estas defensas no fueron suficientes, ya que la inundación comenzó a ingresar en las viviendas.
La fuerza de la corriente también erosionó el suelo. Durante el recorrido del equipo, se evidenció cómo el agua arrastraba piedras y dejaba áreas debilitadas, con pozos y socavones que complicaban el desplazamiento. “Acá se arman los socavones. Capaz que estoy pisando tierra, pero abajo de esta tierra hay un agujero que puede desmoronarse”, advirtió el cronista mientras avanzaba con dificultad.
El riesgo no tan solo recaía en el terreno inestable. Algunos postes eléctricos estaban inclinados por la pérdida de estabilidad del suelo, mientras que cables y alambres caídos complicaban aún más la circulación.
En medio de esta emergencia, los vecinos intentaban rescatar lo que pudieran de sus hogares. Algunos transportaban ropa y objetos personales; otros procuraban poner a salvo electrodomésticos, muebles y animales. La imagen de la heladera utilizada como embarcación reflejó los extremos a los cuales llegan algunas familias cuando carecen de medios adecuados para evacuar.
No obstante, el problema no termina al llegar a un lugar más alto. Aquellos que logran rescatar un lavarropas, un placard u otras pertenencias aún deben trasladarlos hasta un sitio seguro; de lo contrario, podrían quedar expuestos a la lluvia y perderlos de todas formas.
La evacuación también abarca a los animales. Durante el recorrido, se vieron vecinos intentando salvar cabritos y caballos, algunos de los cuales mostraban signos de debilidad debido a las adversas condiciones en su desplazamiento.
“Yo digo lo que cansa caminar tres cuadras. Imaginate a la gente que, en estas condiciones, está evacuándose inclusive durante la noche y caminando kilómetros”, observó el cronista.
En ciertos casos, las familias habían dejado sus casas al inicio de la inundación. En otros, aún había quienes se resistían a marcharse o regresaban durante el día para cuidar lo que les quedaba. Algunos buscaban refugio en los pisos superiores o en los techos para proteger sus pertenencias ante la posibilidad de regresar una vez que bajara el agua.
A pesar de que se señaló que el nivel del agua parecía haberse estabilizado, la corriente continuaba desplazándose con fuerza, inundando nuevas áreas. El desborde del arroyo Barranqueras, junto a la crecida de los grandes ríos de la región, mantenía a las localidades en estado crítico.
Según datos oficiales, en Chaco hay más de 1.000 personas evacuadas y autoevacuadas, una cifra que sigue en aumento.







