El 29 de agosto de 2009, un oscuro episodio sobrevino la reserva “El Edén de Flora y Fauna”, ubicada en Villa Rumipal, Córdoba, y perteneciente a Omar Maschio. Su hija, Karina, se encontraba manejando por la ruta al notar un incendio en las montañas cercanas. El fuego se había originado a escasos cuatro kilómetros de la reserva, en un basural a cielo abierto en Villa del Dique, generando 42 focos de incendio simultáneos. Karina era consciente de que las llamas amenazaban la reserva de su padre y experimentó un temor específico: que el fuego alcanzara las jaulas de los pumas. “Cuando vino el segundo frente de fuego, una policía me agarró de la ropa y me prohibió que fuera a liberar a los pumas por seguridad. Pero cuando se fue, yo corrí hacia ellos”, recordó Maschio en una reciente conversación. Rodeada de humo, logró abrir las jaulas sin saber si los animales habían logrado escapar. Aunque el 90% de la reserva fue consumido por el fuego, un hecho extraordinario ocurrió: los pumas la siguieron al salir de las jaulas en llamas, rodeándola. “En ese momento sentí que ellos me decían ‘vos sos nuestra guía’. Se quemó la reserva y también me encendí fuego yo. Esos nueve pumas que me rodearon me señalaron muy claro a qué debía dedicar cada día de mi vida”, relató. Desde aquel instante, Karina adoptó el nombre de Kai Pacha, que se traduce como “El aquí y el ahora” en quechua y aymara, simbolizando su compromiso hacia la conservación del puma. En la actualidad, es activista ambiental y fundadora de la Reserva Pumakawa. No obstante, su conexión con los animales se forjó mucho antes del incendio. Durante su peculiar infancia en Río Tercero, Karina compartía su hogar con diversas mascotas, donde todo giraba en torno a los animales. Su padre, Omar Maschio, un trabajador metalúrgico con afición por la caza, solía llevar liebres a casa para que su madre las cocinara los domingos. Las mascotas de la familia, que incluían a un mono caí llamado Pancho y un puma llamado Clarence, no eran convencionales. Karina, en su niñez, se sentía más cómoda conviviendo con animales que con otros niños, sintiendo una conexión especial con cada uno de ellos. “Yo tenía siete años más o menos y criaba a una lorita australiana y a un diamante mandarín. También era amiga de un zorzal, al que le puse Curqueto. Él me buscaba para que le diera semillas”, contó. Su relación con Pancho fue significativa, especialmente tras la muerte de su abuelo, con quien estaba muy unida. Kai Pacha también desarrolló un vínculo especial con la naturaleza, soñando con explorar la selva africana como lo hacían su padre y abuelo al cazar. Después de un incidente con una cría de corzuela que dejó un impacto profundo en su padre, Omar decidió cambiar su trayectoria en 1991. Adquirió un terreno de 25 hectáreas en Villa Rumipal y estableció la reserva “El Edén de Flora y Fauna”, iniciando su misión de conservación. El camino de su hija hacia la defensa animal comenzó años más tarde. Al finalizar sus estudios secundarios, Kai Pacha se trasladó a la ciudad de Córdoba para estudiar trabajo social, pero no se sentía a gusto. Una visita a la reserva la hizo reconectarse con su infancia. “Cuerpo a cuerpo con el monte”, expresó la experta en pumas. Durante ese tiempo, ayudó a su padre en la reserva, donde se encontraban un macho y una hembra de pumas. Cuando la hembra dio a luz, el macho intentó atacar a la cría, y Kai Pacha, al escuchar los gritos, corrió a la jaula para salvar a la pequeña. La cría, a la que nombraron Cacuma, sobrevivió gracias a los cuidados que recibió, a pesar de perder la vista y requerir atención especial. Aunque los veterinarios sugirieron sacrificios, su cuidadora optó por cuidarla y la cría logró caminar con la ayuda de un andador, recuperando su visión con el tiempo. “No me olvido de la relación que tuve con ella durante los 23 años que vivió. Esa experiencia me abrió al mundo de los pumas”, recordó. Su vínculo con estos felinos continuó creciendo a lo largo de los años. “Yo me siento puma; me siento con rasgos que ellos tienen. Son solitarios, sigilosos y muy importantes para el ambiente. Creo que mi vida tiene importancia también al ayudarlos”, afirmó. Tras el incendio de 2009, Kai Pacha encontró un renovado propósito. Con El Edén devastado, comprendió que su misión debía trascender las paredes de la reserva. Desde entonces, la ONG y reserva natural Pumakawa, ubicada en el kilómetro 103 de la ruta 5 de Villa Rumipal, se erigió bajo el lema de cuidar a la fauna. Hoy, a los 58 años, Kai Pacha anhela que Pumakawa llegue a desaparecer, deseando que no haya más animales que sufran por el impacto humano. “Que dejemos de ser necesarios. No tendría que haber más Pumakawas con animales que vengan sufriendo por el impacto humano. Pero, mientras tanto, trataremos de cuidarlos de la mejor manera”, concluyó.
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