El superávit comercial de u$s2.115 millones registrado en julio de 2026 no es un hecho aislado, sino que consolida una racha histórica de 32 meses consecutivos con balance favorable. Esta robustez del saldo comercial refleja una dinámica donde, a pesar de las fluctuaciones mensuales, la economía argentina ha logrado mantener una estructura de intercambio superavitaria de manera sostenida.
Uno de los factores determinantes en esta configuración es la emergencia de la energía y la minería como nuevos pilares exportadores. Impulsadas por el récord de producción en Vaca Muerta, las ventas de petróleo crudo y combustibles están modificando la matriz comercial del país. Este avance permite diversificar las fuentes de divisas y empezar a reducir la histórica dependencia de la estacionalidad del sector agropecuario, sumando motores estructurales que aportan estabilidad al flujo de exportaciones.
Sin embargo, esta transformación convive con el denominado “efecto sándwich” que atraviesa la industria manufacturera. Se observa una profunda divergencia entre un frente exportador dinámico, concentrado en grandes compañías y sectores estratégicos, y un mercado interno que aún no logra despegar plenamente. Esta debilidad doméstica mantiene bajo presión la inversión y las importaciones de bienes de capital y sus piezas, reflejando un entramado productivo que enfrenta dificultades para insertarse de forma homogénea en la recuperación.
De cara al cierre de 2026, las perspectivas son optimistas en términos de divisas, con el REM proyectando un superávit comercial cercano a los u$s23.400 millones. El gran desafío para el segundo semestre y los años venideros será la sostenibilidad de este saldo positivo. Una reactivación firme de la actividad económica doméstica disparará inevitablemente la demanda de insumos y bienes de capital importados, poniendo a prueba la capacidad de los nuevos sectores exportadores para compensar ese incremento y mantener el equilibrio externo.







