Lo que pasó con Jesús de Miguel y Jesús Owono fue una fatalidad, un hecho ajeno a lo que debería ser el fútbol. Como explicó Jorge Valdano, el fútbol es todo lo contrario a la muerte, o debería serlo. Por eso no hay que señalar al arquero que salió a cortar una jugada y quedó involucrado en una tragedia de consecuencias irreversibles. Le ocurrió a Owono, pero podría haberle pasado a cualquiera. No se trata de buscar culpables, sino de aprovechar este doloroso episodio para pensar en los límites de la competencia. En definitiva, hay que recuperar la idea de que ganar y perder no tienen nada que ver con una cuestión de vida o muerte.
Volvemos así a la idea de querer todo ya y a una cultura que muchas veces empuja a los deportistas a jugar como si cada pelota fuera la última y cada derrota, una condena. Aquellos tiempos salvajes del fútbol habían quedado atrás. No vale la pena lastimar a un adversario para superarlo. Pero sería injusto hacer de Owono el símbolo de esos excesos: su tragedia personal ya representa una carga demasiado pesada. Lo que sí merece una reflexión es un sistema perverso que lleva la competencia al límite, o más allá, y fomenta comportamientos cada vez más preocupantes. Basta recordar los incómodos encontronazos entre los “hermanos” campeones del mundo durante el último Superclásico. No hace falta actuar para la tribuna o las redes sociales para demostrar pertenencia. Tampoco hay que confundir intensidad con violencia, competitividad con agresividad ni éxito con la obligación de ganar a cualquier precio.
El refrán dice que lo cortés no quita lo valiente. Sin embargo, en ese mundo cerrado que excede el ecosistema de las redes sociales, parece valer más parecer mala persona que ser buena gente. Como si considerar al adversario fuera una señal de debilidad. Como si para ganar hubiera que demostrar que uno está dispuesto a todo. Y no es así. Se puede competir con fiereza sin perder la empatía por el otro. Porque el éxito, si llega, está al final del camino: sin atajos y, casi siempre, después de superar innumerables obstáculos con paciencia y, sobre todo, con el respeto como bandera.







