Mariela Cotignola, socióloga e investigadora de la Universidad Nacional de La Plata, sostiene que este fenómeno requiere repensar el funcionamiento de instituciones, el mercado laboral, el sistema de salud, las jubilaciones y el cuidado en general.
“El envejecimiento demográfico no es solo el aumento de la población mayor: es un cambio en la relación entre generaciones”, explicó Cotignola.
La especialista resume la situación con una frase que captura el reto: “Vivimos más años, nacen menos niñas y niños, y las instituciones deben reorganizarse para sostener vidas más largas, más diversas y menos desiguales”.
Las cifras evidencian la magnitud de esta transformación. Entre 2014 y 2020, la tasa global de fecundidad en Argentina se redujo en un 34%. En el caso de las adolescentes, el descenso fue aún más pronunciado, alcanzando un 55%.
Este cambio es también observable en la provincia de Buenos Aires. Para 2024, se registró un hecho inédito: el número de defunciones (151.690) superó al de nacimientos (147.081).
No obstante, Cotignola advierte que este fenómeno no puede explicarse solamente mediante estadísticas. El envejecimiento de la población implica un cambio profundo en la dinámica entre generaciones y en cómo una sociedad distribuye sus recursos y organiza sus instituciones.
“Envejecer no es solo una cuestión biológica ni estrictamente demográfica: es también un hecho social”, afirma la especialista.
La reducción de la natalidad tiene diversas causas. Los trayectos educativos son más largos, las mujeres están cada vez más presentes en el mercado laboral, hay un acceso ampliado a métodos anticonceptivos y muchas personas postergan la maternidad o paternidad.
Sin embargo, Cotignola señala que sería excesivamente simplista atribuir el fenómeno solo a la falta de deseo de tener hijos. Las decisiones relacionadas con la reproducción están influidas por factores como el acceso a vivienda, la estabilidad en el empleo, las condiciones económicas, la disponibilidad de servicios de cuidado y las desigualdades de género.
Por este motivo, argumenta que el debate debería centrarse no solo en cuántos niños nacen, sino en las condiciones que influyen en las decisiones sobre proyectos de vida.
Las implicaciones del envejecimiento poblacional van más allá de las jubilaciones. A medida que la proporción de adultos mayores aumenta, habrá relativamente menos personas en edad de trabajar, lo cual presenta nuevos desafíos para mantener los sistemas de pensiones, la atención sanitaria y el cuidado de la población.
La transformación también impacta a las familias, donde cada vez es más común que coexistan cuatro e incluso cinco generaciones, lo que modifica la distribución de responsabilidades y plantea interrogantes sobre quién asumirá las tareas de cuidado.
Cotignola destaca este aspecto como uno de los principales retos. El envejecimiento no debe ser visto únicamente como un tema relacionado con los mayores, sino que afecta a todas las generaciones.
Si bien la disminución de los nacimientos puede reducir la demanda de cuidado infantil, al mismo tiempo incrementa la necesidad de atención a largo plazo para una población que vive más años.
En numerosas familias, esta carga recae aún en gran medida sobre las mujeres, lo que hace que el envejecimiento también exija repensar la distribución del trabajo doméstico y del cuidado.
“La pregunta pública no debería ser cómo convencer a las personas de tener más hijos, sino cómo construir condiciones para que puedan decidir”, sostiene Cotignola.
Desde su óptica, esto implica asegurar vivienda, empleo, servicios de cuidado, promover la igualdad de género y considerar nuevas formas de acompañamiento para las personas mayores.
El envejecimiento de la población ha dejado de ser un problema del futuro. Los pronósticos indican que Argentina seguirá envejeciendo en las próximas décadas, lo que modificará la estructura poblacional.
Esto tendrá repercusiones concretas en escuelas, hospitales, transporte, ciudades y familias. Se anticipa un descenso en el número de alumnos en algunos sistemas educativos, un mayor requerimiento de atención para enfermedades crónicas y una creciente necesidad de adaptar los espacios urbanos a una población que vivirá más años.
Para Cotignola, el reto no radica en intentar detener una transformación ya en marcha, sino en preparar a la sociedad para afrontarla.
“El problema no es vivir más; aparece cuando esas vidas más largas transcurren en instituciones pensadas para otra estructura demográfica, otra organización familiar y otra relación entre generaciones”, concluyó.
Por ende, el envejecimiento no se limita a un tema relacionado con la edad; es una transformación que requiere que se rethink la estructura social.







