Este fenómeno es más común entre adultos que enfrentaron carencias en su niñez. Para ellos, la sensación de inseguridad y malestar, difícil de definir, puede perdurar incluso tras haber logrado una situación económica más sólida.
Shahram Heshmat, doctor en Economía Gerencial y especialista en campos como la economía de la salud y la economía conductual, en especial en lo que respecta a los hábitos alimentarios y la toma de decisiones, señaló que los entornos de escasez, como la pobreza, fomentan un enfoque en lo que se pierde al realizar una compra.
Esta dinámica se conoce entre los economistas como costo de oportunidad: dedicar dinero a un artículo implica renunciar a algo más. “Las personas con escasos recursos deben gestionar alquileres, deudas, facturas atrasadas y contar los días hasta el siguiente salario”, resaltó en un artículo en Psychology Today.
Conforme una persona mejora su situación económica, cada gasto representa una menor proporción de sus ingresos y, por ende, su decisión implica menos consecuencias. “Por ejemplo, a medida que aumentamos nuestro presupuesto, la adquisición de un iPad constituye una parte cada vez menor de nuestros ingresos disponibles. Por lo tanto, un presupuesto más amplio hace que las elecciones sean menos significativas y reduce la percepción de escasez”, indicó.
A pesar de una situación económica más favorable, esta mejoría no altera de manera instantánea las formas de pensar que se han forjado a lo largo de años de privaciones.
Otro factor a considerar es que quienes crecieron en la pobreza y alcanzan un empleo bien remunerado a menudo viven con la incertidumbre sobre su futuro. Es decir, puede que perciban su estabilidad actual como algo frágil y temporal.
Consciente de la posibilidad de regresar a su pasado de escasez, pueden optar por no realizar compras importantes o gastar en lujos, evitando así la adaptación a un estilo de vida que podrían no poder mantener. De esta forma, la decisión de no adquirir productos más caros se transforma en una estrategia para no extrañar lo que no pueden permitirse en un futuro incierto.
Además, elegir porciones más pequeñas y económicas les permite a estos individuos mantener su vínculo con un grupo social al que todavía se sienten vinculados. Invertir en algo más grande y costoso podría transmitir a sus amigos, parejas e incluso a sí mismos que pertenecen a una clase social que durante mucho tiempo les resultó inalcanzable.
Las conductas relacionadas con el manejo del dinero pueden aprenderse observando las reacciones de los adultos ante los gastos. En este sentido, un estudio realizado por investigadores de Yale y la Universidad Bar-Ilan exploró la transmisión de la ansiedad entre padres e hijos.
El estudio identificó mecanismos como el aprendizaje por observación, las referencias sociales y la emulación del comportamiento parental. Aunque el experimento no se enfocó específicamente en decisiones financieras, evidencia cómo un niño puede interpretar ciertas situaciones como amenazantes al observar las reacciones de sus padres.
Esto sugiere que un adulto que expresa temor o duda ante cada precio, o que se angustia al realizar un gasto, puede transferir esos sentimientos a su prole.







