Simón Roca Jalil arribó a la Patagonia en 1901, procedente del Líbano, acompañado de sus dos hermanos. Dejó a su esposa y dos hijas al otro lado del océano y, con tan solo 21 años, se asentó en el paraje San Ignacio, donde se encontraba la comunidad de Manuel Namuncurá, padre de Ceferino Namuncurá, a 41 kilómetros de Junín de los Andes.
Seis años después, regresó a su país natal en busca de su familia para volver a Junín de los Andes, donde llegó nuevamente en 1909. Después de dejar su Mairuba natal para siempre, Simón y su pareja tuvieron seis hijos adicionales. Vivieron en el paraje San Ignacio hasta 1914, para luego trasladarse a la estancia Quilquihue. En 1918, la familia finalmente se radicó en Junín de los Andes, y dos años después, iniciaron la construcción de un almacén de ramos generales, en una localidad que en ese entonces era apenas un fortín militar.
El almacén, que también fue oficina de correo, sede del banco Nación y posteriormente pulpería, se denominó La Flor del Día. Su primer edificio propio se estableció en 1929. Roca Jalil ofrecía alimentos, ganado, herramientas para el campo, alcohol, ponchos e incluso armas. Su establecimiento, que contaba con dos ventanas para despachar y prevenir disturbios, creció junto con el desarrollo del pueblo.
Luego del fallecimiento de Simón, el 19 de octubre de 1933, su hijo Alfredo heredó el negocio, que posteriormente pasó a manos de sus hermanos, Moisés y Roque Roca Jalil, quienes continuaron operando el local con el apoyo de Eduardo Zambrano, un empleado leal a la familia.
En 1982, tras la clausura del almacén de Ramos Generales, Moisés comenzó a recopilar objetos para crear el museo, acumulando una colección de 400 matras, tejidos mapuches, herramientas, armas, diversas bebidas alcohólicas y medicamentos de uso común tanto entre mapuches como entre nativos de la región.
El museo alberga incluso un Dodge modelo 1938, perteneciente a Roque. Los visitantes pueden recorrer el interior de la casa y sumergirse en la vida cotidiana del siglo pasado, observando el intercambio entre las estancias y el pueblo, así como las interacciones entre las culturas mapuche e inmigrante.
Juan Roca, bisnieto de Simón, comparte: “Este es el negocio de mi papá, de mi abuelo y mi bisabuelo. Ellos siempre buscaron reunir objetos regionales, apoyando las artesanías locales, hacían trueques e incluso coleccionaban ponchos y fajas elaboradas por las comunidades mapuches”.
La esposa de Juan, Carolina Galeano, se ha dedicado a preservar esta historia a través de miles de objetos bien conservados, entre los que destaca un poncho de Manuel Namuncurá, procedente de la comunidad mapuche de San Ignacio, su lugar de origen y el de su hijo, nombrado beato por la Iglesia Católica en 2007.
Galeano ha contado con la colaboración de Zambrano para recopilar libros de trueque, documentos de “debe y haber” y hasta un libro de cartas escrito en árabe. La colección simboliza la fusión de culturas.
El propósito de Galeano ha sido reconstruir la historia de la familia de su esposo, Juan Roca Jalil: “Ellos fundaron los primeros ramos generales en Junín de los Andes. En aquella época, se realizaban trueques, razón por la cual hay tantos ponchos, matras y objetos de alfarería. También hay documentos de la época de la conquista del desierto, armas y papeles firmados por Julio Roca”.
El galpón que alberga el museo estuvo cerrado por un tiempo, pero posteriormente reabrió en la esquina de Coronel Suárez y San Martín, a pocos metros de la ubicación del primer boliche. “Recopilamos los objetos y los exhibimos para compartir la historia. Hay mucho arte, mucha cultura. Exponemos piezas arqueológicas, paleontológicas, restos fósiles, vasijas, estribos y hasta herramientas. Hay desde tacos para las botas hasta tejidos originales de cuero y cinchas”, detalla Eduardo, el empleado histórico del Almacén de Ramos Generales.
Eduardo recuerda que, en sus inicios, el establecimiento funcionó como pulpería, luego como almacén, tienda y ferretería. Se ofrecían hasta bolsas de tela para mantener el agua fría. “Los principales clientes eran de la zona rural. Todas las estancias se abastecían aquí, venían desde los propietarios hasta los peones a buscar suministros para sus caballos”, relata.
“Este lugar fue el primer almacén de ramos generales. Se atendía por una ventana pequeña, ya que venía mucha gente de los bosques, y no todos con intenciones amistosas”, rememora Eduardo, quien comenzó a trabajar con la familia en 1968. “Hubo muchos robos; llegaban, se llevaban las cosas e incendiaban todo. Venían tropas del bosque y al día siguiente no quedaba nada”.
Debido a la violencia que dominaba la región en los primeros años del siglo XX, el almacén ofrecía revólveres de diversos calibres, escopetas y municiones.
Todo lo que hay en el museo es original, desde las estanterías de raulí hasta las ventanas por donde se despachaban armas, así como balanzas, lámparas, damajuanas y lotes de alpargatas listos para su venta.
“Es una parte fundamental de la historia de Junín. Es la historia de los inmigrantes, pero también de aquellos que trabajaban en las estancias y los campos”, concluye Eduardo, quien ha colaborado para mantener viva esta memoria.
El museo contribuye, desde una perspectiva única, a un recorrido que incluye el museo arqueológico y paleontológico, que alberga más de 4.000 piezas que representan fósiles y dinosaurios de más de 250 millones de años de antigüedad. También se incluye el archivo histórico local, que permite explorar los rastros de los mapuches y tehuelches que habitaron la zona, así como la conquista militar y la evangelización saleciana, reflejando el intercambio entre culturas mapuche y europea. Las visitas deben ser programadas con antelación.







