“Al escucharnos, nos damos cuenta de que desde el primer recorte todos pensamos que la jugada de Maradona culminaría en gol. Es impresionante. Recuerdo claramente la apilada y al estadio de pie, presenciando la culminación de una obra de arte”, nos comentó César Bailón desde un bar en la elegante zona de Colonia Roma.
César Ahumada, César Bailón, Santiago Pérez y Gustavo Barbosa, amigos que se encontraban en diferentes ubicaciones durante aquel mediodía del partido, también presenciaron la final ante Alemania y la mayoría aún guarda las entradas. “Sé que en Argentina algunos piensan que los mexicanos apoyamos a Alemania en la final porque festejamos los goles del descuento y del empate, pero lo que realmente queríamos era que el partido se alargara”, relató Pérez. “No había forma de apoyar a Alemania, así como tampoco podría haberlo hecho con Inglaterra”, agregó Ahumada rápidamente.
La emotividad es palpable en la voz de Ahumada, quien admite que le estremece cada vez que recuerda el duelo en el Azteca. “Sinceramente, no éramos conscientes de la violencia en el fútbol. Era algo que veíamos de lejos, en Europa, por televisión. Fuimos al estadio con tiempo para intentar evitar a los barras de ambos lados. Tenía claro que Argentina había sido víctima en la guerra y por eso me hice hincha en ese Mundial”, compartió César.
“El ambiente estaba tenso. El partido fue muy violento; hubieron muchas peleas y agresiones entre barras y hooligans. Nuestros familiares nos pedían que no fuéramos. Yo tuve suerte de ir con mi bandera argentina”, agregó Pérez, oriundo de Córdoba y que emigró a México desde temprana edad.
Sin embargo, el recuerdo más destacado de aquella jornada mágica fueron las genialidades de Maradona. “Yo estaba justo en una de las esquinas donde él anotó sus goles y en el primero todos decíamos que fue mano. Fue muy claro. Nos extrañó que no lo sancionaran. Incluso tengo grabada la imagen de Diego buscando al línea, esperando que levantara la bandera”, enfatizó Bailón.
“La acción fue sorprendente porque Maradona no era alto y Shilton sí. ¿Cómo pudo superarlo? Mientras nos preguntábamos eso, los argentinos celebraban sin preocupaciones. Y estaba bien, porque nadie simpatizaba con los ingleses”, comentó Ahumada con una sonrisa.
El silencio se apodera de la mesa mientras cada uno comparte sus recuerdos sobre el gol más bello y poético de la historia del fútbol. “Fue una genialidad. Desde el inicio de la jugada, con esas primeras zancadas, todos sentimos que algo grande iba a suceder. No sé si ya estábamos de pie cuando pasó la línea de tres cuartos de cancha”, comenzó Bailón. Barbosa añadió: “Desde el primer recorte, supe que Maradona iba a marcar. Hacía mucho calor en el estadio, los ingleses parecían cansados y Diego mostró más fuerza, velocidad e ímpetu”.
Ahumada cerró su relato: “Acababa de cumplir 19 años y fui con mi hermano, que tenía 15. Estábamos en la platea, rodeados de argentinos. Cuando Maradona hizo el primer movimiento, le golpeé la pierna y grité ‘oooleee’. Ya estábamos de pie junto a la jugada; antes de que entrara al área, ya estábamos celebrando, como mencionó César. Cuando hizo el gol, nos abrazamos con los argentinos, gritamos. Pasaron unos segundos y agarré a mi hermano de los hombros y le dije: ‘Ricky, acabamos de ver el gol de la historia de los Mundiales’. Juro que cada vez que me acuerdo me emociono”.
Tras finalizar su relato, un silencio cómodo invade la mesa. No hay necesidad de más palabras. Cuatro décadas después, estos mexicanos tienen la fortuna de seguir discutiendo detalles de la Mano de Dios, recordando el agobiante calor del Azteca y reconstruyendo cada movimiento de Maradona como si el tiempo no hubiera transcurrido. Quizás porque aquella tarde fueron más que simples espectadores; fueron testigos privilegiados de un momento en el que una obra maestra se convirtió en un legado eterno para el fútbol, un barrilete cósmico.







