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Los últimos días de Sigmund Freud: una vida marcada por la adversidad

24 septiembre, 2026
in Sociedad
Los últimos días de Sigmund Freud: una vida marcada por la adversidad
Un hombre de notable valentía, Sigmund Freud enfrentó la muerte con serena claridad mental y solicitó a su médico que le administrara morfina ante lo inevitable. Esta lucidez se evidenció también en su crítica mordaz al nazismo, que lo había acosado y lo convirtió en uno de sus principales adversarios.

Freud, considerado el padre del psicoanálisis moderno, falleció el 23 de septiembre de 1939 en Londres, a los 83 años, víctima de un cáncer de laringe que requirió más de treinta intervenciones quirúrgicas y complicado por un grave estado séptico. Su médico personal, Max Schur, dispuso el fin de su sufrimiento, en el marco de un acuerdo entre ambos. Al momento de su deceso, habían transcurrido veintidós días desde que Hitler inició la invasión de Polonia, lo que marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial, con la intención de establecer un Reich que prometía perdurar mil años, aunque en realidad solo duró seis.

Tras la anexión de Austria al Reich en marzo de 1938, Freud se convirtió en un prominente enemigo del régimen nazi. La idea de su asesinato o de enviarlo a un campo de concentración habría sido mal recibida, dado su estatus como judío y fundador de la escuela psicoanalítica, respetado a nivel mundial. Por ello, los nazis decidieron expulsarlo del país donde había residido durante setenta y nueve años, mientras sus obras eran consumidas por las llamas en las hogueras que destruían la intelectualidad y la cultura de una Alemania que había sido un faro en Europa.

Freud, sin embargo, rehusaba abandonar su tierra natal y resistía dejar Viena, donde se mantiene su antiguo hogar convertido en museo. Sus amigos y seguidores trabajaban diligentemente para persuadirlo de que se exiliara en Londres, a la vez que trataban de obtener los permisos necesarios de las autoridades nazis para su salida y garantizar su paso fronterizo.

A inicios de 1938, las fuerzas nazis irrumpieron en su hogar, obligándolo a abrir su caja fuerte, de la cual extrajeron un magro botín de seis mil chelines; un saqueo que evitó su esposa, Martha Bernays, madre de sus seis hijos, al ofrecer con cortesía a los nazis: “¿No quieren los señores servirse de algo?”. En otra ocasión, la Gestapo retuvo a su hijo Martin durante un día entero de interrogatorios.

Una semana después, el 22 de marzo de 1938, la Gestapo regresó en busca de documentos que probasen su oposición al régimen, y terminaron arrestando a su hija Anna, que posteriormente destacaría como psicoanalista infantil. En ese contexto, Ernest Jones, amigo y biógrafo de Freud, lo confrontó sobre su decisión de permanecer en Viena. Freud, a pesar de saber que no estaba solo y de ser querido por muchos, respondió con un suspiro: ‘¡Solo! ¡Si yo estuviera solo, hace mucho tiempo que ya me habría despedido de la vida!’.

Jones había tenido contacto con el embajador de Estados Unidos en Viena, quien había intercedido ante las autoridades alemanas, advirtiendo que cualquier daño a Freud sería un escándalo de proporciones internacionales. Sin embargo, la detención de su hija intensificó la ansiedad de Freud. Mientras elaboraba una lista de libros que se llevaría consigo a Londres, el temor de que Anna pudiera estar sufriendo bajo la presión de los nazis lo atormentaba.

Freud nació el 6 de mayo de 1856 en Friburgo, Moravia, en lo que hoy es la República Checa. Su familia se mudó a Viena cuando él tenía tres años, donde se enfrentó a la burla de sus compañeros por su origen judío. A pesar de ello, tuvo una alta autoestima, interpretando como un buen augurio un traslado en su nacimiento. A los dieciséis años, padeció una primera decepción amorosa que marcaría gran parte de su vida.

Se casó con Martha Bernays el 13 de septiembre de 1886, y en el transcurso de diez años tuvieron seis hijos, mientras él se dedicaba a su carrera como neuropatólogo, utilizando electroterapia e hipnosis para tratar trastornos nerviosos. Sin embargo, más tarde abandonó esas técnicas para enfocarse en la sexualidad como raíz de numerosos problemas psíquicos. En 1899 publicó su célebre obra, La interpretación de los sueños, que, aunque solo vendió seiscientos ejemplares en su lanzamiento, marcaría un hito en la psicoanálisis. Curiosamente, después del nacimiento de su última hija, Anna, Freud tomó la decisión de no mantener relaciones sexuales con su esposa. Paradójico para quien había explorado y ampliado el entendimiento de la sexualidad humana.

La tarde del 22 de marzo, cuando Anna regresó a casa, Freud, agobiado por su preocupación, anotó en su diario: ‘Anna en la Gestapo’. La hora de su partida hacia el exilio había llegado. Varios miembros de su familia ya habían conseguido permisos de salida o habían escapado de Austria, incluidos su cuñada Mina Bernays y su hijo mayor Martin, que había viajado a París tras ser interrogado. Las cuatro hermanas de Freud, que se quedaron en Viena, fueron víctimas del Holocausto.

El 4 de junio de 1938, Freud, junto a su mujer e hija, inició su éxodo hacia Londres, en un estado de fragilidad física considerable. Como condición para dotarle de un visado de salida, tuvo que firmar un documento redactado por los nazis, que afirmaba que había sido tratado con respeto y no tenía motivo de queja. A pesar de su falacia, Freud se permitió agregar: ‘De todo corazón puedo recomendar la Gestapo a cualquiera’.

En la madrugada del 5 de junio, Freud y su familia cruzaron a París a bordo del Orient Express, y luego tomaron un ferry hacia Dover. Durante su trayecto, Freud soñó que desembarcaba en Pavensey, el puerto por donde Guillermo el Conquistador había llegado a Inglaterra en 1066, lo que podría interpretarse como un símbolo de la recepción casi real que tuvo en su nuevo hogar.

Su salud, al llegar a Londres, era relativamente buena; paseó por los jardines del Palacio de Buckingham y otras zonas emblemáticas de la ciudad. Se establecieron en Elsworthy Road, en una casa con jardín que se convertiría en su hogar transitorio. A menudo, Freud se dirigía al jardín y, con un toque irónico, bromeaba diciendo: ‘Casi estoy tentado de gritar Heil Hitler’.

Le restaban un año y dos meses de vida, pero los vivió intensamente. Recibía visitas de figuras notables, entre ellas H. G. Wells, el historiador judío Joseph Yahuda y el líder sionista Jaim Weizmann, a quien apreciaba particularmente. En una visita singular, el escritor Stefan Zweig llegó con el pintor español Salvador Dalí, quien, al conocerlo, hizo un boceto de Freud, comparando su cráneo con un caracol.

Freud, sorprendiendo a Zweig, comentó que había reconsiderado su opinión sobre los surrealistas, que hasta entonces había considerado excéntricos. A finales de 1938, aunque su salud pareció mejorar lo suficiente para tratar a algunos pacientes, el cáncer avanzaba sin compasión. El mal se volvió implacable, y en marzo de 1939, tras innumerables intervenciones quirúrgicas, se vio obligado a vivir con una prótesis tras la extirpación de parte de su mandíbula. En ese periodo, envió un saludo de cumpleaños a la Sociedad Psicoanalítica que él mismo había fundado, expresando su tristeza por no poder acompañar a sus colegas.

Hasta el final, Freud mostró reticencia a medicarse. Había sido pionero en el uso terapéutico de la cocaína, aunque nunca aceptó su fracaso en los postulados médicos sobre su uso. Ahora, en contraste, solo aceptaba esporádicamente una aspirina, lamentando su debilidad y sosteniendo que ‘prefiero pensar en medio del tormento, a no estar en condiciones de pensar con claridad’.

En agosto de 1939, su estado se deterioró notablemente; pasaba largas horas observando sus flores a través de la ventana, y su familia tuvo que convocar a Jones para que pudiera despedirse de Freud. Al reconocer a su amigo, Freud le hizo un gesto que reflejaba resignación y serenidad al mismo tiempo.

El 21 de septiembre, Freud le comunicó a Schur que ya no podía soportar más y que ello no tenía sentido. Conmovido, Schur le apretó la mano y le prometió que cumpliría con su compromiso. Freud le pidió que informara a Anna sobre su conversación. Al día siguiente, el médico le administró una dosis de morfina, lo que le otorgó un último alivio antes de fallecer, poco antes de la medianoche del 23 de septiembre. Con su muerte, terminaba una vida llena de sufrimientos y logros, falleciendo con la misma claridad y realismo que caracterizó su existencia.

El cuerpo de Freud fue cremado en el cementerio laico de Golders Green, inaugurado en 1902 y uno de los más antiguos del Reino Unido. Sus cenizas fueron colocadas en una urna griega, uno de sus objetos predilectos, junto a su esposa, Martha Bernays.

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