Después del ciclo de Borrello, que incluyó conflictos con jugadoras como Banini, Potassa o Bonsegundo, el nuevo técnico del seleccionado femenino detalla su plan, con firmes normas de trabajo y convivencia
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Germán Portanova tiene 47 años y afirma que fue “un jugador del montón”. Trotamundos como futbolista, arrancó en el club Castelar, hizo inferiores en Vélez, pasó por Tristán Suárez y Chacarita, jugó en Cerro Porteño de Paraguay, en Rangers de Talca en Chile y ocho años en torneos regionales en Italia. Nacido y criado como defensor central, jamás se movió de la zaga. “Era limitado, pero luchador –se describe–. Una de mis virtudes era conocer mis límites. Yo sabía que tenía que quitar y después darle la pelota a un compañero que supiera”. Por lo que cuenta, en su recorrido por el fútbol hay parte del manual que ejecuta como entrenador y que lo llevó, después de ganar tres títulos y jugar dos Copas Libertadores con UAI Urquiza, a ser elegido como el nuevo DT de la selección femenina de Argentina.
En ese viaje formativo poco conocido, el del Portanova con pantalones cortos y botines, está la destreza de capitalizar un puñado de virtudes. De Castelar pasó a las inferiores de Vélez, donde llegó a entrenarse con el plantel de Primera que dirigía Carlos Bianchi. Había allí duros competidores en su puesto: Mauricio Pellegrino, Roberto Trotta, Flavio Zandoná, Víctor Sotomayor, Sebastián Méndez. Bianchi le sugirió ir a préstamo a Chacarita para sumar minutos en campo. Y desde entonces no paró: se retiró a los 36 años.
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Germán Portanova tiene 47 años y afirma que fue “un jugador del montón”. Trotamundos como futbolista, arrancó en el club Castelar, hizo inferiores en Vélez, pasó por Tristán Suárez y Chacarita, jugó en Cerro Porteño de Paraguay, en Rangers de Talca en Chile y ocho años en torneos regionales en Italia. Nacido y criado como defensor central, jamás se movió de la zaga. “Era limitado, pero luchador –se describe–. Una de mis virtudes era conocer mis límites. Yo sabía que tenía que quitar y después darle la pelota a un compañero que supiera”. Por lo que cuenta, en su recorrido por el fútbol hay parte del manual que ejecuta como entrenador y que lo llevó, después de ganar tres títulos y jugar dos Copas Libertadores con UAI Urquiza, a ser elegido como el nuevo DT de la selección femenina de Argentina.
En ese viaje formativo poco conocido, el del Portanova con pantalones cortos y botines, está la destreza de capitalizar un puñado de virtudes. De Castelar pasó a las inferiores de Vélez, donde llegó a entrenarse con el plantel de Primera que dirigía Carlos Bianchi. Había allí duros competidores en su puesto: Mauricio Pellegrino, Roberto Trotta, Flavio Zandoná, Víctor Sotomayor, Sebastián Méndez. Bianchi le sugirió ir a préstamo a Chacarita para sumar minutos en campo. Y desde entonces no paró: se retiró a los 36 años.https://www.youtube.com/embed/zVD6l9RhPiw?feature=oembed
Antes, había padecido muchas lesiones. En inferiores se operó cuatro veces. Por eso la metáfora del hueso duro de roer aparece ahora, mientras toma un café cortado con leche y se toca la rodilla izquierda, la zona en cuestión, en un bar en el centro porteño. No es zurdo, pero siempre se lastimó la pierna de apoyo. “Tuve mucha lucha en mi carrera. Es difícil durar, mantenerse, y lo logré”, dice. Cuenta que siempre ocupó lugares de liderazgo. En Italia fue capitán de todos los equipos que integró. La disciplina, la mentalidad y la fórmula “trabajo, trabajo, trabajo” como un método obstinado que, más tarde o más temprano, dará resultados es parte de su GPS.







